En Colegiales, el Argos, es uno de los más antiguos cafés barriales. Está ubicado en la esquina de Federico Lacroze (precisamente 3499) y Álvarez Thomas. Fue fundado a poco de establecerse a su lado el Cine Teatro Argos, de Clemente Lococo por el 1928. Se supone que el café data de la misma época. En esos tiempos los comercios cercanos a un cine o teatro tomaban análogamente su nombre, ambos se complementaban y necesitaban: los que asistían al cinematógrafo, aguardaban el comienzo del espectáculo tomando un café, otros lo hacían durante los intervalos y muchos, después de concluir la función. Frecuentado también por los ¨compadritos¨ y ¨malevos¨ de la época, esta reliquia se mantiene aún intacta.
Al ingresar al Argos por alguna de sus tres puertas vaivén, en madera y con vidrios, se respira ese aire nostálgico de barrio. Según el horario, el público varía. Por las mañanas los cafés con leche y medialunas, gente leyendo los diarios. Por la tarde, algún copetín y billar, quizás algunos estudiantes, en otro sector separado, al que antiguamente se preparaban el salón para Familias, arreglado con manteles, flores y cortinas especiales. Es que en la década del 30 no se concebía que una señora o señorita estuviera sola en la sección general pero sí -con reservas- en el Salón adjunto. Por la noche, también mucho billar, charlas y humo, de los buenos habitué del lugar.
Todos los meses, el último viernes, se conmemora la noche del festival de tango, rememorando los días en los que el palco tomaba vida. Ubicado por arriba del mostrador, con un espacio suficiente. Donde los músicos se lucen al ritmo de un tango una vez al mes.
Desde su inauguración hasta la fecha siempre fueron los mismos dueños. Uno de ellos Santiago Costoya, recuerda anécdotas contadas por su padre: ¨Al cine no se podía entrar sin corbata, entonces había alguien que hacía su negocio aquí dentro¨.
En un momento mientras charlábamos Santiago atento conocedor de algún pícaro cliente, me muestra sonriendo: -¨Ahí esta Francisco. Cuando me descuido, miralo, miralo como se guarda el diario y lo mete dentro de otro que trae bajo el brazo, hace años de esa habilidad….¨, y continúa ¨También están los habilidosos, en el billar, siempre hay campeonatos acá.¨ Y sigue su charla abrazando a alguien que ingresa, al parecer un amigo.
Los pisos sorprenden al ingresar uno al espacioso bar, toda la extensión cuadriculada en blando y negro, los originales. A los costados de las ventanas a manera de vidrieras, hay tres grandes espejos, viejos, pero aún reflejando todo, comiendo imágenes de generaciones. En el palco, en el pasado, las vitroleras eran punto de atención de miradas de caballeros. Ellas eran las encargadas de pasar la música, los discos de pasta negra. Vestidas con polleras que sólo dejaban ver el tobillo de las muchachas. Pero esa historia duró poco, el bar se convirtió luego en un lugar mas tranquilo.
Ramón, uno de los mozos, recuerda: ¨…Acá por ejemplo nunca se ha vendido vino, para que no se junten borrachos. Y gracias a eso en épocas no muy lejanas hijos o nietos de primitivos clientes que se juntaban en el bar, han preparado sus carreras en este mismo lugar, por ser tranquilo, lo cual me llena de alegría poder decir que aún hoy siguen siendo¨.
Recientemente la Comisión de Protección y Promoción de los cafés, Billares y Confiterías notables de la Ciudad de Buenos Aires, dictaminó que el Argos, por su antigüedad y características sería uno de los que mantendría y mejorarían para quedar como testimonio de los entrañables cafés porteños.
Florencia Laetta
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