Nerio de 25 años llega a Buenos Aires en el año 1976, desde Mendoza su provincia natal. Es recibido por un tiempo en la casa de un amigo que vive en Morón y consigue un trabajo en la Boca, distancias extremas a la hora de trasladarse. Decide entonces buscar un barrio mas cercano para vivir y recorriendo lugares ve un cartelito de alquiler para un departamento en la calle Catamarca, a unas cuadras de plaza Once. Llega al lugar y se encuentra con una construcción muy extraña para él. Un edificio al estilo chorizo, techos altos y largos pasillos. Le parece interesante el hecho de atravesar un patio para llegar al departamento que no es muy lindo y de tamaño pequeño, pero estaba bastante bien para sus intereses, sólo lo utilizaría para dormir. Nerio no prestaba demasiada atención a sus vecinos, pero si a la linda pelirroja que algunas veces se cruzó. Una noche, cuando volvía a su casa, se topa con el Sr. Petrocci, un policía retirado que estaba a cargo de la administración del edificio, éste lo invita o más bien presiona para asistir a la reunión de consorcio. Petrocci incomoda a Nerio, el ex policía tiene cara de piedra y una actitud prepotente, insiste en la presencia del joven inquilino, pero éste logra esquivar las tediosas reuniones que no le interesaban en lo más mínimo.
Los encuentros de Nerio con Petrocci se tornan cada vez mas incómodos, así que decide un día asistir al encuentro vecinal. Había un caso que tratar, según le habían informado.
Viernes por la noche, día de reunión de consorcio en el edificio de la calle Catamarca, asisten al menos unas seis o siete personas, todos inquilinos. Se presenta el dueño del edificio, un arquitecto gallego que había construido el condominio y presenta el problema:
- ¨El supermercado de la vuelta tiene intenciones de comprar el edificio¨. Después de la noticia los vecinos quedan preocupados, pero el inmigrante propone una especie de crédito, con una cuota accesible, para vender los departamentos. Al parecer la intención del gallego era la de volver a su país natal a vivir sus últimos años de vida. Su mujer no emitía palabra alguna y todos cuchicheaban que pasaría con la señorita Harris, quien vivía en la terraza, en la precaria casucha que ella misma fue construyendo cuando en una época los vecinos le ofrecieron quedarse allí, ya que no podía mantener un departamento que alguna vez tuvo. Las ideas fueron innumerables, hasta el punto de pagar una mínima cuota para ayudar a la pobre mujer.
El tema quedó flotando, Nerio trataba de recordar haber visto a la Srta. Harris alguna vez.
-¨¡Y claro! Era la predicadora que estaba en la plaza del Once¨, recordó. El muchacho la había observado con atención un día cualquiera y pensaba: -¨Que fuerza debe tener esta gente, frente al frío y al calor siempre predicando la palabra de Dios¨.
Petrocci vuelve a la carga, le propone al joven visitar a la Srta. Harris para contarle que debía abandonar el lugar. El pez por la boca muere, Nerio se vio involucrado en algo que lo incomodaba pero decide subir a la terraza y enfrentar la situación. Sube las escaleras pensando la manera de llevar la noticia, de qué modo se lo diría, porqué había abierto su bocota. Los pensamientos lo carcomían. Toca la puerta y lo sorprende un perrito, de tipo chihuahueño, petiso y con ojos saltones, bien de la calle. Ingresa a la precaria casita, de tablones de madera y otros materiales reciclados. La mujer le ofrece sentarse y tomar una taza de té, él hubiese preferido un café, pero aceptó por cortesía. Para romper el hielo no se le ocurre mejor tema de conversación que haberla visto predicando en la plaza. La mujer, pensó quizás que sería uno de los suyos, así que empezó a hablar de la palabra de Dios. En ningún momento dejó que Nerio metiera un bocadillo y agregó al final de la charla: - ¨No hace falta que me digas nada, ya sé todo, Dios sabe porque hace las cosas¨. Aquella frase quedó flotando en el aire y Nerio se despidió rápidamente. Bajando las escaleras y liberado al fin del encargo, se topa con el señor Petrocci, su mujer y algunos más que esperaban ansiosos una respuesta. Sin embargo el joven sólo pudo decir que sí, mañana la Señorita Harris se marcharía.
Al otro día, después de una noche de insomnio, el muchacho despierta a causa de unos ruidos y murmullos. Sale de su departamento y ve que bajan un bulto por la escalera. - ¡Era la anciana! pensó, y un silencio se apoderó de Nerio junto a un vacío extraño.

Florencia Laetta